Capítulo 1 (fragmento)

Era una tarde muy calurosa cuando el recién ascendido a detective de homicidios Ibrahim El-Kahal se encontró con Yussuf, un moreno delgado, con ojos negros azabaches y asustados que vendía refrescos en una de las esquinas del viejo Cairo. En esa tarde de verano había ocurrido uno de los asesinatos más enigmáticos que debía resolver, un mendigo judío que no tenía parientes ni nadie que lo reclamara fue hallado muerto.
—No he visto nada señor El-Kahal. De todas maneras qué importa, es sólo un judío, tendría que preguntarle al joven que algunas veces estaba con él.
Todavía no habían publicado la noticia en los diarios y como no había familiares que lo reconocieran, las autoridades trataban de que la muerte pasara inadvertida. En aquellos días el presidente Gamal Nasser estaba amenazando con expulsar a los judíos del país y los problemas con el nuevo estado de Israel eran cada vez mayores. En estos lugares del mundo, cualquier excusa sirve para comenzar una nueva guerra santa.
De todas maneras las autoridades judías se hicieron cargo del entierro y convinieron en que intentarían encontrar al asesino. Un grupo de la colectividad se iba a encargar también de buscar las razones del homicidio.
A El-Kahal le llamó la atención, la calma con la cual recibieron la noticia los integrantes de la congregación, porque el incidente había sido en la puerta de la sinagoga de Abraham Ibn Ezra, la única abierta en el viejo Cairo.
Esa imagen del muerto no se la borraría por años, quedaría estampada a fuego, aquel cuerpo ya oculto debajo de unos periódicos, presentando un corte transversal en el cuello, una alfombra de sangre se extendía desde la cabeza hacia el último escalón del templo. En su mano izquierda, apoyada en el pecho, conservaba una Torah, la cual extrajo el inspector y la colocó dentro de una bolsa donde guardaba las evidencias.
El asesinato había ocurrido en la mañana mientras el judío se dirigía a la sinagoga, como todos los días, para su habitual estudio de la Torah. Su nombre era Abraham Viedak. Su origen polaco.
A la mañana siguiente las bocinas despertaron al barrio poco antes de las primeras oraciones matinales. Mientras el sol del milenario Egipto se debatía por salir de entre las pirámides, el inspector El-Kahal caminaba por el cementerio judío. Tenía la esperanza de encontrar al joven que acompañaba al mendigo para buscar alguna luz sobre el caso, aunque parecía ser una muerte más de las tantas que ocurren diariamente en Egipto.
Allí estaban los diez hombres de negro que formaban parte del Minyán, viejos barbudos con túnicas negras que se acomodaron alrededor de una lapida apoyada en el suelo. De entre ellos se podía reconocer al rabino y jefe de la colectividad, el mismo que a ojos del inspector se había mostrado curiosamente despreocupado.
El-Kahal se acercó con cautela. Entre todas esas barbas había un joven que lloraba desconsoladamente mientras los otros, rezando en hebreo, balanceaban sus cuerpos hacia adelante y hacia atrás. Una vez que terminaron de rezar, arrojaron una palada de piedras. Algo le sorprendió al inspector, uno a uno, menos el joven, escupieron la lápida del difunto.
Con sus ojos azules cubiertos de lágrimas, se presentó el joven Mordejai Litchman, flaco, mediano de altura, atrevidamente barbudo y rubio. Su inglés no era de origen, su mirada era evasiva. El Inspector lo tomó del brazo, evitándole el intento de esquivarlo. Mostrándole su carné le dijo:
—Ibrahim El-Kahal, inspector de la policía.
Aquella congregación no dejaba de fijar en él su mirada y parecía seguir con detenimiento cada palabra y cada gesto. Por momentos parecía que se irían encima. Así que El-Kahal le pidió que lo acompañara a la jefatura para estar más cómodos.
En uno de esos cuartos improvisados que usaban para los interrogatorios, el joven seguía llorando. El inspector le ofreció cortésmente café y bebida fría para mitigar el calor insoportable.
Era un gran rabí, se adelantó el joven. El-Kahal dio un sorbo a su té de menta, tomó su cuaderno y anotó “Rabí”, mientras pensaba que clase de rabí era aquel que vivía como un mendigo entre tanta miseria. En el renglón siguiente registró meticulosamente el interrogatorio, para archivarlo después como era su costumbre.
¿Por qué creía que lo habían matado? ¿Tenía el viejo alguna enemistad, cuenta pendiente, deuda, relación con la droga? ¿Por qué si era un rabino tan inteligente como se creía, vivía en la indigencia?
Caso extraño la de aquel hombre, ejemplo de una colectividad que lo deja abandonado en la indigencia y ni si quiera su cuerpo reclama, después de haber sido asesinado en la puerta de su sagrado templo.
El muchacho insistió en que no tenía idea de quién y por qué lo habían matado. Todos los signos de un nerviosismo irrefrenable parecían brotar de su rostro. El joven Mordejai tartamudeaba, evadía la mirada, le costaba hablar claro o pensaba demasiado en lo que respondía, perdiéndose en frases sin sentido o contradictorias.
—Mordejai —le interrumpió el inspector—, creo que tú sabes algo o sospechas de algo que no me has contado.
El joven, sorprendido por la acusación del inspector, se tomó la oreja izquierda, como si aquellos gestos que solemos hacer en la búsqueda ilusoria de algo que nos sirva de sostén en un momento de temor, pudiera acudir en nuestra ayuda. Mordejai no quería escuchar.
—Sabes bien —continuó el inspector— que uno de los diez mandamientos es “no levantarás falso testimonios”. Frase lapidaria. El muchacho quedó perturbado, le costaba hilar los movimientos de sus manos, que ya casi no controlaba.
—Lo mataron porque sabía demasiado —disparó Mordejai.
La frase desbordó el sorbo de té que estaba tomando el inspector.
—¿Qué es lo que sabes?
—Los secretos de la Torah —dijo el muchacho tímidamente.
Se había esforzado durante el interrogatorio por no hablar del tema y ahora se veía, enredado en la estrategia del inspector, como obligado a dar explicaciones que, pensaba, tal vez no comprendería. Pero El-Kahal le dio a entender que sabía de qué se trataba la Torah y le respondió que ese no puede ser un motivo para matar a un judío, cuando es prácticamente una obligación de todo judío conocerla.
Las gotas de sudor se presentaban en la frente como condensaciones de incertidumbre e impotencia. El comprendía lo que otros no. Tenía las manos cruzadas sobre la mesa del escritorio y las apretaba con fuerza. Fue fácil para el inspector notar que el muchacho temblaba de miedo.
El-Kahal no podía entenderlo, matar a un judío por conocer la Torah, sino no era un acto de persecución religiosa era una contradicción en los términos.¿Acaso el mendigo sabía algo que comprometía a alguien? Y en ese caso, ¿a quién? Si se trata de hechos pasados hace miles de años. ¿Cómo podría afectar los intereses de un contemporáneo? Se dejó llevar por las palabras del muchacho. Un asesinato por motivos religiosos. Entonces la amenaza tal vez venga del lado islamista, un ataque árabe, cristiano o copto es improbable. Pero el rabí no parecía ser un líder espiritual importante o de algún movimiento que representara una amenaza para otra comunidad.
—Hay muchas maneras de conocer la Torah —respondió con miedo el muchacho—. Una es repetirla palabra por palabra, que es como tocar sus vestidos, la otra es entenderla, que es como verla sin ropas. El viejo era la palabra desnuda, la verdad al descubierto de los secretos más grandes que se encuentran en la Biblia.
El inspector no pudo disimular su risa.
—O sea que como él sabía los grandes secretos de la Biblia, lo mataron —le dijo con un poco de gracia disimulada.
—Sí —remató el muchacho.
El-Kahal trató de sacar algún dato más para su planilla pero fueron todas cosas sin importancia.
Por falta de pruebas o circunstancias reales relacionadas con el homicidio, el inspector cerró el caso. Como tantas muertes en el Cairo, pudo haber sido un intento de robo. Tal vez fue, como muchos pensaron por aquellos lugares, un asunto religioso, pero si los judíos no hicieron escándalo, para qué lo iba a iniciar él en aquellos días políticamente tan candentes.
Para el muchacho la cosa era bien diferente. Mordejai Lichtman pensó que el inspector jamás entendería la razón verdadera del asesinato de su rabí. Estaba convencido que había algún un complot y varias organizaciones, entre ellas el mismo Vaticano y logias judías, para despistar el verdadero motivo de la muerte de su rabí. La falta de interés del inspector en el relato que hacía, lo llevó a dudar de El-Kahal. No estaba acostumbrado a los interrogatorios y menos sobre el de un homicidio; recordarlo era vivenciar el mismo instante traumático de cuando encontró a su maestro tirado en la calle, con el cuello cortado.
Las imágenes del cuerpo tirado en las escaleras de la sinagoga se mezclaban con aquellas que le provocaban las informaciones de una radio a todo volumen en la esquina del cuarto de interrogatorios. Estaba hablando el presidente Nasser sobre el nuevo estado de Israel que Egipto no reconocía, y sobre el futuro de los judíos de Egipto. ¿Los iría a expulsar como ya habían sido expulsados miles de años atrás? La historia siempre se repite cuando no aprendimos nada de ella y peor aún, cuando la olvidamos. Sin embargo Mordejai quería hacerse entender.
—Usted no entiende señor, la Biblia nos cuenta cosas entre líneas y sobre líneas, por ejemplo hay episodios que no son comentados en ningún tipo de misa, ni en las sinagogas y las iglesias. Por ejemplo el episodio de la plaga del libro números.
—¿Qué tiene que ver esa plaga con la muerte del rabino?
—En esa plaga murieron alrededor de veinticuatro mil personas en un solo día. Y mi maestro aseguraba que allí no hubo ninguna plaga divina, sino una matanza de hombres por la muerte de un líder.
—¿De qué líder se trataba?
—Conocer la identidad de ese líder fue lo que causó la muerte de mi maestro. Había descubierto quién se escondía detrás de ese personaje y eso le costó la vida. Como todos los que estuvieron enredados en esos versículos de la Biblia.
—¿Supersticiones y maldiciones? —insinuó El-Kahal.
—Creo que son otros los intereses, no son fuerzas malignas las que mataron a mi maestro o a los tantos otros que entran en esta operación. Son los mismos hombres u organizaciones que quieren que algo no se sepa, que algo no se descubra, por miedo a desestabilizar lo que supuestamente está ordenado.
—¿Con quién conversaba su maestro aparte de usted?
— Prácticamente no hablaba con nadie, pues muy poca gente entendía lo que él había descifrado de las escrituras. Nuestra religión es muy reacia a los cambios, a las interpretaciones que atentan contra ideas y hábitos establecidos, siempre nos estamos defendiendo de los otros, mucho antes de que nos ataquen, algunos nos preguntamos quién está primero, si el huevo o la gallina. Desde tiempos inmemoriales nos fuimos expulsando de nuestras congregaciones, atacándonos nosotros mismos, comenzando con Jesús, Spinoza y en nuestro siglo al mismo Sigmund Freud, el gran psicoanalista, por interpretar que Moisés fue asesinado por nuestro propio pueblo.
— ¿Cómo que Moisés fue asesinado por los judíos?
— Freud en su libro “Moisés y el monoteísmo”, interpreta a través del Talmud y la Biblia que Moisés después de varios intentos es asesinado por el mismo pueblo judío y por ser algo tan intolerable en la conciencia colectiva se impuso un día de reflexión, con ayuno incluido, inmediatamente después de ese suceso.
—¿Y tú también crees que Moisés fue asesinado por los judíos?
—No sé exactamente si por los judíos, de todas maneras no todos los judíos lo querían. Hubo muchísimas revueltas, como dice la Biblia, en aquel desierto. Los incidentes de Coré, Datán y Abiram en el capítulo dieciséis de números y hasta los mismos hermanos de Moisés en el capítulo doce del mismo libro.
—Que extraño que intenten matar a su propio profeta —dijo pensativo el inspector.
—Creo que nuestro pueblo nunca terminó de comprenderlo y creo que tampoco él entendió a nuestro pueblo. Es extraño que nuestro más grande patriarca, después de haber luchado tanto para conseguir la tierra prometida, no entre en ella y después de haber convivido tanto tiempo con el pueblo judío, no haya encontrado un lugar dentro de su pueblo para ser sepultado con todos los honores que se merecía.
—Las escrituras —prosiguió Mordejai aprovechando su primer envión— dicen que se lo llevó Dios, pero ¿de qué manera? Es el Talmud el que relata como fue la partida del gran Profeta. El Talmud fue escrito por rabinos y de la manera que cuenta que fue llevado Moisés, resistiéndose a todos los ángeles, es bastante curiosa, un profeta que hablaba con Dios “cara a cara” como dice la Biblia, ¿por qué no vino Dios a buscarlo?, ¿por qué tuvieron que venir tantos ángeles, como dice el Talmud?, sin olvidar que éste se basa en las tradiciones orales que contaban los hechos de la Biblia. ¿Cómo supieron sus escribas que eran ángeles esos seres que intentaron varias veces hasta que por fin lograron llevarse a Moisés al cielo?
El-Kahal observaba sorprendido la repentina catarata de ideas e interpretaciones que Mordejai le había ofrecido como respuesta a un asesinato que él entendía debía resolver mediante procedimientos de rutina. Por un momento pensó que el caso se estaba poniendo bastante complejo, pues iba a estar todo el tiempo entre interpretaciones bíblicas o talmúdicas.
—¿Y por qué no mataron a Freud?
—Freud pertenecía a una organización, llamada B’nei B’rith, que quiere decir “Los hijos del pacto” o “Los hijos de la Alianza”, actualmente esta organización filantrópica es un centro social, pero antiguamente se comportaba como una secta o una sociedad secreta, encargada de proteger por sobre todas las cosas a la colectividad judía, cueste lo que cueste. Es por eso que le prohibieron a Freud publicar ese libro, argumentando que estaban viviendo tiempos difíciles, no se olvide que eran los tiempos de la segunda guerra mundial, el nazismo y la persecución; y que no convenía que otra cosa perjudicara más a la colectividad. El punto es que los judíos, desde que tienen memoria, siempre fueron perseguidos por alguna razón y nunca precisaron hacer nada para tener esa condición de victimas. Lo más gracioso de todo, es que Freud tuvo que morir para que este libro salga publicado, ya que estaba en su testamento. Ahora, con respecto a su pregunta, algunos rumores dicen que Freud fue victima de una sobredosis, para que callara para siempre.
El inspector se quedó pensando por algún momento qué podía hilar a la Biblia con el asesinato del viejo y la muerte sospechosa de Freud. Se preguntaba si suponer que Moisés había sido asesinado por el mismo pueblo, podría ser una causa necesaria para morir o ser asesinado. Los mismos judíos tienen un mandamiento que es “no matarás”, y si la Biblia se puede violar en este mandamiento, ¿en cuantos más se lo puede hacer?
Todo le parecía descabellado, aunque sabía también que en esas tierras las creencias religiosas y nacionales se cobran más vidas y son más importantes que el dinero. Sus fundamentos son los pilares de la vida y quienes los defiende, elegidos por Dios. Esta creencia supone algo más después de la vida o de esta vida terrena, quizá una eternidad hasta el fin de los días...

 

 

 

David Berniger

 

La conjura de Moisés